Cierra los ojos, abre las manos
Desde el inicio de la humanidad, hombres y mujeres siempre se han dejado atraer por la belleza y por el arte en general, como elemento clave de comunicación y de trasvase de conocimiento. Parece ser que en el arte paleolítico está el inicio de todo ello, con las pinturas rupestres de Altamira como un ejemplo icónico. Pero no solo pintura, también escultura y arquitectura suponen un punto de inflexión: las venus paleolíticas, la dama de Elche o la Victoria de Samotracia, son claros ejemplos escultóricos, mientras que la arquitectura recorre desde los monumentos megalíticos al Partenón ateniense o el Coliseo Romano, del acueducto de Segovia a la catedral de Burgos o la Mezquita de Córdoba. Son ejemplos rotundos que casi todos y todas tenemos en nuestra retina -y recuerden bien que hemos dicho retina-, de aquello que otros humanos quisieron dejar para la historia. Muchas de estas piezas y espacios se pueden ver en museos de todo el mundo o recorrer en otros. Ahora bien, ¿cómo puede una persona ciega emocionarse con la belleza de la cúpula de Altamira? ¿Cómo sentir la rugosidad de la Venus o la tersura de la Dama de Elche? ¿Cómo la grandiosidad del Partenon, lo que es un arbotante gótico o los adornos de un arco andalusí? Con accesibilidad; con imaginación; con lugares que, como el Arqueológico Nacional y el Museo de la ONCE, se preocupan por un arte para todas y para todos, por un arte que se puede tocar y sentir.
La cultura no tiene barreras o no debería tenerlas y, por unos días, el Museo Arqueológico Nacional y el Museo de la ONCE se han unido en una iniciativa sin parangón para quitar (en el caso del MAN) el cartel de “prohibido tocar” para abrir una extraordinaria exposición táctil sobre Grecia y Roma al grito de “obligado tocar”, con el lema “La historia que se puede ver y tocar: nuevas formas de leer el pasado”. Es un apasionante viaje multisensorial por la cultura grecorromana, desde la mitología hasta el ocio, mediante relatos y piezas que se complementan entre ambas instituciones, ya que una parte de la visita tiene lugar en el Arqueológico y la otra en el Tiflológico. Se ofrece así una visión amplia y conectada, e inclusiva, de este periodo histórico. Y, por si fuera poco, la actividad incorpora recursos táctiles como maquetas, reproducciones, diagramas y otros materiales diseñados para que las personas ciegas puedan tocar diversas piezas, pero también para quienes se atrevan a cerrar los ojos y abrir las manos a sentir el arte.
La colaboración entre el MAN y la ONCE es una demostración de que es posible, tal y como están haciendo también otros museos y otros monumentos. En este caso, desde la remodelación del Arqueológico hace unos años se incorporaron medidas para garantizar la accesibilidad a las personas ciegas, con discapacidad visual, con sordoceguera, o con otras discapacidades. Y qué decir del Museo de la ONCE, creado precisamente hace ya más de 30 años con ese objetivo, hacer el arte accesible y demostrar al resto de la ciudadanía -y a los gestores del arte- que es posible. Y para ello, invitamos a tocar la mejor colección de maquetas de arte probablemente de todo el mundo, además de impulsar y exponer la cultura realizada por personas ciegas, con baja visión o sordociegas, eso sí, enseñando a tocar. No se trata de poner la mano sobre algo, se trata de recorrer y sentir, con la punta de los dedos y con delicadeza, un gesto parecido a lo que hacemos con la vista.
Hemos hablado aquí de Altamira, de la Venus y de la Dama de Elche. Nada más entrar en el museo de la ONCE nos encontramos con un friso amplio y a media altura donde nos enseñan, precisamente, a tocar; a recorrer las figuras que se pintaron hace muchos siglos: es Altamira; pero es que justo en frente tenemos a la Dama de Elche, a tamaño real, con toda su delicadeza y una nariz pulida de puro tocar y tocar, con conocimiento; o una venus que muestra la diferencia con su rugosidad y sus “curvas”, que nos llevan a la época en la que está tallada. Y no acaba aquí el recorrido, pues podemos recorrer al tacto el gótico de la Catedral de Burgos; el románico de San Martín de Frómista en Palencia; el herreriano puro en El Escorial; partes de la mezquita de Córdoba o de la Alhambra de Granada; y, si queremos dar una vuelta por el mundo, podemos tocar, sí sí, tocar, la pirámide de Chichen Itzá de los mayas en México; el Partenón y el Coliseo; la torre de Pisa y, si quieren, hasta la Torre Eiffel o las del Puente de Londres; sin dejar de tocar la cúpula del extraordinario Taj Mahal de la India y su mármol suave calentado por el sol. Ya ven que es posible. Que el arte puede y debe ser accesible porque es un vehículo más de inclusión y, sobre todo, de normalidad. Tocar el arte, acceder al arte, vivir el arte. Cerrar los ojos, abrir las manos.